Se siente bien regresar a la Gran Manzana

Hoy es miércoles cinco de agosto de 2020. Abrí mis ojos y tomé la decisión de ir a la ciudad de Nueva York. Cuando digo tomé la decisión es porque pensé que no iba a caminarla por un buen tiempo debido a la pandemia del COVID-19, y porque me he cuidado mucho y ya había decidido no tomar el transporte público por un buen tiempo. Eso cambió. 

Los últimos días mi corazón empezó a sentir un tipo de necesidad de ir a esa ciudad, esa ciudad que me ha dado tantas alegrías, tristezas, emociones, amigos únicos, una familia, trabajos, arte, bailes, amor, y tantas cosas que nunca me dejan de fascinar. Tenía la necesidad de ir a verla en tiempo de pandemia, de caminarla, de observar los neoyorquinos “reales” (ya que no hay turistas). Empecé a sentir que tal vez ya me podía sentir más tranquila en ir debido a que los casos del coronavirus bajaron drásticamente en la ciudad y la situación es diferente ahora, eso si, nunca he bajado la guardia y me cuido por amor a mi y a los demás. La salud siempre primero.

Así que sin mucho preámbulo hoy supe que tenía que ir, lo sentí en mi corazón. El sol se asomó por mi ventana, me dio la energía para hacerlo. Tenía una pequeña reunión virtual a las 10:30 a. m., pero después de eso iba a tomar mi rumbo; sin planearlo, solo quería ir, caminarla, registrarla, sentirla. 

Terminó mi reunión y empecé a sentir mi adrenalina, una adrenalina rara porque iba a tomar el transporte público, no era tanto el miedo, era algo raro, entre emoción e incertidumbre de esperar y tener la esperanza de encontrarme con personas solidarias en este momento, que se cuidaran como yo, que nos respetaremos e hiciéramos las cosas con amor, que nos cuidáramos. Igual salí y mientras caminaba decidí tomar el autobús. 

Fue como aquellos tiempos en los que esperaba el mismo transporte, pero hoy era diferente, la sensación de hoy era de pura adrenalina. Quería vivir todo, observar, sentir. Esperé por el autobús unos 20 minutos. Llegó. Oré (si, oro siempre, Dios es mi mejor compañía y protección). Tenía mi tapabocas y me fui solo con una botella de agua y un canguro, bolso que se pone en la cintura, con lo que necesitaba: una tarjeta de crédito, una metrocard, dinero en efectivo y ya.

El autobús 123 estaba vacío, me senté adelante (las primeras sillas estaban con cadenas por protección al conductor durante los tiempos de COVID-19). Fue un trayecto especial, no se subieron muchas personas y todas respetaron las medidas de bioseguridad y empecé a sentir esa tranquilidad al ver que todos respetábamos la salud (bueno solo una persona se subió sin su mascarilla y todos lo miraron). Estaba muy emocionada y esa adrenalina se empezó a convertir en paz, en una alegría especial. Durante el camino pensé en qué iba hacer, y decidí empezar en Times Square y caminar, explorar, reconocerme y reconocer de nuevo la Gran Manzana, o más bien partes de Manhattan que aunque ya sospechaba cómo iban a estar jamás me imagine lo que iba a sentir. 

Al llegar a Port Authority me sentí segura, me di cuenta desde ese momento por qué la ciudad, que había sido el epicentro de la pandemia en los EE. UU., había logrado no solo aplanar la curva pero prácticamente desaparecerla. Empecé a ver cómo los neoyorquinos, en un 95%, usaban sus mascarillas, respetaban, y lo más lindo recordé la maravilla de la ciudad que siempre te presenta personajes únicos, y la verdad, siempre he pensado que en Nueva York te sientes bienvenido, como si uno ya se conociera con todos.

Bajó las escaleras eléctricas y tomó una foto. En ese momento uno de los personajes de mi fotografía, un señor de unos 60 años y con su mascarilla, se me acercó y me dijo: “espero hayas sacado mi lado bueno” – me lo expresó de una manera muy cálida y tranquila -. Le sonreí, aunque no se me veía la sonrisa debido al tapabocas, y le dije: “claro que sí, siempre sacó el lado bueno”. Casualmente caminaba hacia donde yo iba, hacia la salida que queda al frente del The New York Times. El señor continúo la conversación, respetando la distancia, y me dijo que llevaba muchos años trabajando en la parte de ingeniería del The New York Times, que era un edificio enorme pero que en el momento todos los periodistas estaban trabajando desde casa. El señor llevaba su uniforme y fue muy querido, daba confianza. Me preguntó qué hacía y le comenté que era periodista de medios para la comunidad hispana. Me contó de sus hijos y cómo les encantaba el español y me habló un poco de sus trabajos en instalaciones como esta y como la de otros medios, un hombre que llevaba décadas trabajando en la ciudad. En esos 15 minutos me llené de energía, recordé la belleza de una ciudad donde puedes hablar con extraños y conocer historias únicas, sin miedo, con respeto, y cordialidad a pesar de que en tiempos de pandemia las relaciones han cambiado y hablamos más desde los ojos ya que tenemos una mascarilla y una distancia.

Eso me llenó de energía y continué mi camino por la famosa calle 42 que me llevaba a Times Square. El cambio se notaba desde el comienzo. Una calle que en otra época, o durante cualquier día del año sin importar la temporada, estaría llena de turistas y gente caminando como hormigas. Esta vez solo habían pocos, diría yo que estaba con la gente más local. Muchos negocios ya han cerrado desafortunadamente, como el conocido McDonald’s que estaba ubicado en esa misma calle entre la octava y la séptima avenida. Ví los teatros de Broadway todavía con sus luces hermosas pero sin la energía de la gente que quiere entrar a los espectáculos. Observaba, y seguía viendo a todos con sus tapabocas. 

 Llegué al centro de Manhattan, el corazón de la ciudad, un vacío extraño pero hermoso, es como respirar la ciudad de una manera diferente. No hay mucha gente, lo que parece extraño, y lo que me permitió detenerme y observar, sin que nadie me empujara, sin muchas personas a mi alrededor. Al fondo estaba el hombre cowboy, con su guitarra, un personaje que no ha dejado este lugar que ha sido su casa y el que lo ha llevado a estar en miles de fotos alrededor del mundo al convertirse en un personaje de la ciudad. Me quedé un rato y decidí ir hasta la Quinta avenida.

Caminé y de un momento a otro llegó el olor del famoso maní dulce que venden en los carritos callejeros, y que,  aunque no lo como, hace parte de todos esos olores de la ciudad. Seguí mi camino y mirando a los neoyorquinos, como se cuidan, como respetan. 

Mientras camino veo al Radio City Music Hall que tenía las palabras “Together Better”, y así es. Recordé que había una exhibición de banderas en honor a la lucha de la ciudad durante la pandemia y que estaba en el Rockefeller Center, así que decidí caminar hacia allá. Esta es otra zona que usualmente estaría repleta de personas, pero está vez era yo y los neoyorquinos. Qué hermoso estaba, las 193 banderas fueron diseñadas por personas de todas partes del mundo para celebrar lo que Nueva York hizo o hace durante la pandemia y la crisis, la unión que hubo, como trabajaron en comunidad, sentí el amor. Artistas reconocidos como Jeff Koons  y no reconocidos hicieron parte de estos diseños. NOTA: antes de contemplar las banderas entré al edificio y una vez más me encuentro con la gentileza de las personas de la ciudad, un simple buenas tardes, de una manera amable y llena de paz.

Las famosas estatuas de esta zona que representan dioses de la mitología griega fueron adornadas con mascarillas para recordarle a la gente que estamos todos cuidándonos, una de ellas en la mitad del Rockefeller donde instalaron mesas de una manera hermosa y sin mucha gente. Decidí seguir mi camino, al subir las escaleras un joven empleado me dice gracias, puedo decir que de una manera muy coqueta (hace mucho no sentía esa coquetería neoyorquina jajaj, pero bueno, siguen los pequeños momentos de la ciudad de mi corazón).

Ahora veo la hermosa catedral de San Patricio, en plena Quinta avenida, una vez más no hay mucha gente. Entró, oro, agradezco a Dios, me llenó de más amor y durante este recorrido ya la ciudad me recargó para querer conquistar el mundo y seguir observando, viendo gente. Salgo y empiezo a caminar la Quinta avenida. Más neoyorquinos con sus mascarillas, todo cambia, las tiendas lujosas están, los compradores no.

Pasó por Bryant Park, hermoso parque al lado de la biblioteca pública de Nueva York. Igual, no mucha gente, pero se siente la alegría del verano, a pesar de las circunstancias. Sigo caminado, viendo la gente pasar, a los que limpian la ciudad, las tiendas que venden los recuerdos a los turistas, entró a una, y a pesar de que el dueño me dice que las cosas no van bien su energía de positivismo se siente, me dice: “Dios la bendiga“, le dije lo mismo. Bueno y le compré una camisa de I Love NY, porque amo esta ciudad. El famoso Victoria’s Secret de la 33 cerrado. Sigo. Letreros en los buses piden subir con el uso de mascarillas.

Mientras camino llegó a un lugar de té al que fui hace muchos años, me compró uno. Continúo y llegó al famoso Flatiron building, una vez más poca gente. Es como recorrer toda la ciudad y solo experimentar a los locales.

Soy amante de los mercados en el verano y me pusó muy feliz llegar hasta el de Union Square, ver a las personas felices pero cuidándose. Me sentí segura. Camine, observaba todo, sentía todo y llegue hasta el Washington Square Park, en el camino me pasaba de una calle a otra porque estas calles siempre te sorprenden. 

Caminar el Greenwich Village fue muy divertido, fue ver a otro tipo de neoyorquinos, ver la creatividad en los restaurantes al tener que poner las mesas por fuera. Esta fue mi última parada, camine hacia el Path, en Christopher Street, para regresar a casa. 

Hoy era el día para regresar, y se sintió bien, darme cuenta por qué la ciudad es la casa que da la bienvenida a todos, que te llena de energía y que trabaja en comunidad. Estamos en tiempos difíciles pero sentí el amor y me sentí segura, todos se cuidan, tienen sus mascarillas, se respetan y se siente como si todos fueran uno solo. !Gracias Dios! 

La ciudad de Nueva York es mi casa y parte de mi, regresar me recargó.

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